Al inicio del nuevo año es un buen momento para preguntarse si sobrevivirá la Eurozona el próximo año. Como se sabe, los tratados de constitución del euro no tienen un protocolo para la salida de miembros de la Unión Monetaria. Evidentemente que nada prohíbe a los países a tomar la decisión soberana de salir de la Unión pero para que la salida sea de una manera “ordenada” –es decir minimizando el costo para el país que sale como para los países que quedan en la Unión–el proceso parece ser complicado. Basta con recordar que cuando se creó el Euro el proceso tomó muchos años de planeamiento muy cuidadoso: la Unidad Europea Monetaria (ECU) —una canasta de montos fijos de unidades monetarias nacionales—fluctuaba en el mercado hasta que en enero de 1999 se fijó la tasa de cambio entre ellas y el nombre de la canasta fue cambiado al euro.
Esta película no puede proyectarse en reverso: imaginemos lo difícil que sería que los 17 países de la Eurozona pasaran diez años en los cuales las monedas nacionales serían reintroducidas, para luego dejarlas fluctuar entre ellas primero dentro de una banda y luego libremente.
Académicos y observadores mencionan cuatro alternativas para enfrentar la inminente quiebra actual en la que se encuentra la Eurozona:
- Restablecimiento de crecimiento económico y competitividad externa a través de una política monetaria agresiva, un euro depreciado, un estímulo fiscal en países superavitarios acompañado de austeridad fiscal y reformas estructurales en los países de la periferia. Esta alternativa, la que funcionaría mejor desde un punto de vista económico, es inaceptable por ahora para Alemania y otros países superavitarios.
- Restablecimiento de crecimiento económico y competitividad externa a través de un ajuste deflacionario acompañado de reformas estructurales en los países de la periferia para reducir el salario nominal. Esta alternativa es políticamente aceptable para los países superavitarios pero, a la larga, inaceptable para los países de la periferia.
- Financiamiento permanente de los países superavitarios a los países de la periferia. Esta opción es políticamente inaceptable para los países superavitarios que, de continuar esta opción sin límite, pueden terminar siendo insolventes.
- Quiebra parcial de la Eurozona con una restructuración general de las deudas. Esta alternativa es inaceptable por ahora para todos los países.
Actualmente se está implementando una combinación de la segunda y tercera opciones: austeridad en la periferia y financiamiento a regañadientes por los países superavitarios. Es evidente por lo observado en los últimos 18 meses que esta combinación no lleva a una solución definitiva del problema del euro.
La pregunta que queda es cómo un país no competitivo como Grecia podría salir de la Unidad Monetaria de manera ordenada. Esto requerirá una aproximación cooperativa de todos los países miembros. Supongamos que Grecia sale del euro y crea una nueva moneda (la Nueva Dracma). Los nuevos contratos serán ejecutados de acuerdo a la ley griega y el pago de impuestos y gastos público se hará en la nueva moneda mientras que los contratos existentes se harán en euros.
Los bancos tendrán depósitos en euros (depósitos viejos) y en Nueva Dracma (depósitos nuevos). La tasa de cambio de la Nueva Dracma vis-a-vis el euro se determinará en el mercado y al principio habrá una marcada depreciación de la Nueva Dracma que es lo que se necesita para ganar competitividad externa. El gobierno griego continuará implementando el ajuste fiscal y estructural acordado con la “troika” (UE, BCE, FMI), y el Banco Central de Grecia manejará la política monetaria de manera independiente. El nivel de precio aumentará en línea con el tipo de cambio más depreciado. El sector público y privado tendrá un pronunciado default de sus deudas en euros—algo que sucederá inevitablemente si se mantiene el status quo. Las deudas públicas y privadas tendrán que reestructurarse de la manera que se hace en los programas con el FMI.
La aproximación cooperativa a la introducción de la Nueva Dracma es la de menor costo pero no está exenta de costos. Por un lado, hay un alto riesgo de contagio a otros países periféricos y, por otro, hay un alto “cross-border risk” [1] .
Si las autoridades no quisieran correr estos riesgos, que pueden resultar muy onerosos, harían bien en mantener a Grecia dentro del euro e implementar la primera opción mencionada líneas arriba. Países potencialmente solventes serán financiados y la Eurozona saldrá de la crisis. Por el contrario, una Eurozona que se apoye en un ajuste deflacionario en los países deficitarios estará condenada al fracaso.
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[1] Este riesgo es el que se conocía como “cross border risks” muy de moda cuando los bancos Americanos prestaron dólares y pesos a clientes mexicanos del sector público y privado en los 1980’s. Los bancos descubrieron tardíamente que el riesgo soberano incluía el riesgo que el gobierno no pague y que el sector privado sea impedido de pagar por dictado de la ley o regulaciones correspondientes








